dimarts, 1 d’octubre de 2013

Igualmente

Una vez tuve tres brazos y
pensaba
Qué útil tener tres brazos para cuando,
por ejemplo,
conduzca, fume y quiera cambiar el dial de la radio
o bajar la ventanilla.
Eran los dos brazos míos y uno que se me dejó prestado,
con manos de hombre y pelos de hombre
y bíceps de trapecista.
Qué útil tener tres brazos para cuando,
por ejemplo,
me lave los dientes mientras me ate los zapatos,
o me peine la melena.
O para hacerme guardia urbana.
Casi como Vishnu o como Shiva,
con faldas doradas y cabeza de elefante.
Yo podría, si supiera,
tocar el piano sin que nadie me pasara las páginas
de las partituras.

Yo fui doblemente diestra y
pensaba
qué pena estos mortales bimánicos,
qué poca eficiéncia
qué abrazos tan pobres.
Yo podría llevar quince anillos,
y solamente contando en las manos.
Quiero un abrigo de tres mangas,
un reloj de dos muñecas,
un sostén de tres tirantes.

Una vez tuve tres brazos y
con los tres
apretaba el cuerpo del hombre manco
para que no se fuera.
Ahora podría, si quisiera,
ganarle al judo y al taekwondo.
apalizarle al futbolín,
retarle al baloncesto.
Y me miraba el manco
casi
leyéndome los pensamientos.

Después,
no me acuerdo bien por qué,
nos entraron las prisas 
y le devolví el brazo,
y otra vez fuimos los dos
completamente enteros
mirándonos
los ojos.

Seguramente entendió mi decepción
el antes manco:
yo una vez fui una mujer con tres brazos 
y, de repente, 
ya no.
Entonces,
si hubiérais acercado una oreja
a la ventana adecuada
habrías escuchado
su voz:
Hubieras perdido a todo igualmente.

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