dimarts, 21 de gener de 2014

Crónica



Es que una vez el mundo estaba muerto. Yo escuchaba la selva, que era la habitación de los desamparados, y pensaba Queremos quedarnos aquí un tiempo. Pero no cabíamos. Todo el espacio estaba lleno de árboles, de animales, de gritos o de oxígeno y teníamos que ir serpenteando por el suelo, con lo sucio que estaba. Aunque, seguramente, ya podría haber habido espacio infinito que no nos hubiéramos quedado más de cinco minutos. Es que éramos unos quejicas y El Mundo Estaba Muerto. En cualquier sitio que quisieras plantarte te salían gusanos de la tierra, pero digo de esos delgados que levantan la cabeza. Como los de la historia del colegio: fue al ginecólogo y le dijeron Ese chico de la discoteca es necrofílico. Menudo asco si te lo imaginas. Yo no sé si es que teníamos veneno en los pies. Dimos cuatro vueltas al mundo, pero eso fue cuando el Mundo Estaba Muerto, así que no me preguntéis por los delfines ni los caimanes, porque ni los miré. Pasaron por mi lado, eso seguro, pero yo no estuve atenta. Sólo quería que el agua que tengo dentro se calmara un poco, porque me estaba volviendo como esas rocas de la playa con agujeros gigantes, y en eso estuve pensando durante todo el viaje, también en las cenas con los aborígenas. Me parece que hablaban castellano.